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Cómo acelerar la decisión de los clientes

Hacer negocios no siempre es fácil, teniendo en cuenta que dependemos de la decisión de uno o varios terceros. En nuestro trabajo realizamos forecasts que nos cuesta cumplir. ¿En qué estamos fallando? Hacemos los llamados y visitas necesarias. Estamos siempre a disposición del cliente. Le explicamos todo, le dejamos el celular, folletería, un plan a medida, pero nada.

¿Qué esta pasando? Los clientes no deciden. Estiran…, estiran…, estiran el momento de decidir, y apenas lo hacen aparece otro personaje dentro de la misma persona: el ansioso. No importa el producto, sea un seguro de vida o patrimonial, una heladera nueva o un microondas. En cuanto toma la decisión, el cliente se convierte en un animal incontrolablemente ansioso. No puede estar un minuto más sin el producto. Nosotros nos preguntamos cómo puede ser, si lo pensó durante meses, nos hizo ir veinte veces, y ahora no puede esperar un segundo.

No crea que está en presencia de un esquizofrénico. Es un cliente absolutamente normal. Lo que ha sucedido aquí lo podemos ver desde diferentes puntos de vista. Existe mucho material de investigación sobre los comportamientos del consumidor. Le doy algunas claves que lo pueden ayudar a entender a este espécimen.

Primero, deje de ver a su cliente como un tipo raro y de comportamientos inexplicables, y fíjese por casa cómo andamos. Piense cuántos pretextos usa usted para sacarse de encima a alguien que le ofrece algo y, a partir de un evento determinado (un comentario, un episodio o simplemente ver a otro que lo usa), usted se activa como cliente, busca la tarjeta que le dejaron y llama, porque quiere comprar AHORA. Este comportamiento tiene una explicación.

Para decidir cualquier cosa, los clientes tienen que llegar a SU punto de tensión, que nunca es el mismo en un cliente que en otro. Tampoco es verdad que deben estar totalmente seguros para decidir (punto 0 en el gráfico), pero éste será más o menos alto de acuerdo a sus características personales y a su tensión frente a sus miedos.

Los miedos para decidir son tres: a equivocarse, al engaño y a las repercusiones (el “qué dirán”). Estos tres miedos son la clave para que las personas decidan. Claro que, de acuerdo a las características y experiencias de la persona, los miedos tendrán mayor o menor incidencia en el grado de tensión y, de acuerdo a su performance, esta presión bajará o subirá, acelerando, retardando o anulando la decisión a su favor. Si no me cree, le dejo este gráfico de la más pura cepa euclidiana.


Fíjese que la línea de tiempo (inferior) marca cuánto se toma una persona para decidir. Cuanto más aumenta la relación con el cliente, tanto más rápidamente baja la tensión para tomar la decisión. Por lo tanto, pregúntese si el cuerpo de su speech realmente cambia de cliente a cliente. Es probable que usted no esté ayudando a que se aceleren estos tiempos; por el contrario, el proceso lo está haciendo el cliente solo.

Éste es el desafío al que nos enfrentamos los vendedores. La rutina nos cristaliza el discurso y, después de muchas entrevistas, casi (dije “casi”) le decimos lo mismo a todo el mundo. Si no, fíjese cuántas veces se dijo a sí mismo: “Pero cómo puede ser que esta persona no vea lo beneficioso de este producto. ¡Es para él! ¡Qué tonto!”

Como dice Heimann: “El cliente compra por sus propias razones, no por las de usted.”

¿Habrá en su discurso algo que no se ajusta a los miedos de este cliente? Siempre pensamos en términos de beneficios. Lo invito a pensar no en beneficios -ya que esto usted lo hace muy bien- sino en que algo en su presentación no está ayudando a que desaparezcan los miedos. Por el contrario, está avivando la llama de la duda a ese cliente que lo ha pensado tanto, y usted sólo colaboró en justificar las razones de su falta de decisión.

Entender cómo decide una persona será material para otra charla. Hasta pronto

Carlos Melo

Master Trainer

Carlos.melo@profitargentina.com


El Tiempo de Gestión:

¿Quién carga con este mono?

¿Dónde está el mono?

Supongamos que el gerente va caminando por un pasillo y ve venir a uno de sus subalternos, el Sr. A. Cuando se cruzan, el Sr. A lo saluda con un “Buen día. A propósito, tenemos un problema. Lo que pasa es que…” Mientras el Sr. A continúa su explicación, el gerente reconoce en este problema las 2 mismas características comunes a todos los problemas que sus subalternos, sin causa justificada, le presentan. A saber, el gerente está en conocimiento (a) de lo suficiente como para involucrarse, pero (b) no de lo suficiente como para tomar la decisión inmediata que se pretende de él. En última instancia, el gerente expresa, “Me alegro de que me haya comentado esto, pero ahora estoy muy apurado. Déjeme pensarlo y después lo hablamos.” Luego él y el Sr. A se separan.

Analicemos lo que acaba de ocurrir. Antes de se encontraran, ¿quién cargaba con el “mono”? El subalterno. Cuando se separaron, ¿quién lo llevaba a cuestas? El gerente. El tiempo impuesto por los subalternos comienza a correr en el momento en que el mono salta de las espaldas de un subordinado a las de su superior, y no finaliza hasta que el mono vuelve a su correspondiente “dueño” para ser atendido y alimentado.

Al aceptar al mono, el gerente se ha convertido voluntariamente en subalterno de su subalterno. Es decir, que ha permitido que el Sr. A lo transforme en su subalterno, haciendo 2 cosas que generalmente se supone que un subalterno debe hacer para su jefe –el gerente ha aceptado una responsabilidad encomendada por su subalterno, y ha prometido tenerlo al tanto de su gestión.

El subalterno, para asegurarse de que el gerente no lo olvide, se asomará luego a su oficina y le preguntará alegremente. “¿Cómo anda el asunto?”. (Esto se denomina “supervisión”).

O imaginemos, por ejemplo, que al finalizar una reunión de trabajo con otro subalterno, al que denominaremos Sr. B, el gerente se despide con la siguiente frase: “Bien. Envíeme un memo al respecto.”

Analicemos esto también. Ahora el mono está a cuestas del subalterno, porque es él quien debe actuar, pero está listo para pegar el salto. Hay que tener cuidado con ese mono. El Sr. B escribe obedientemente el memo solicitado y lo coloca en su bandeja de salida. Poco después el gerente lo recoge de su bandeja de entrada y lo lee. ¿A quién le corresponde actuar ahora? Al gerente. Si no lo hace rápidamente recibirá un memo recordatorio del subalterno (esta es otra forma de supervisión). Cuanto más demore el gerente, más se frustrará el subalterno (estará sin saber qué hacer) y más culpable se sentirá el gerente ( irá aumentando el tiempo que deberá dedicar a actividades impuestas por sus subalternos).

Y así sus otros subalternos Sr. C y D, siguen acudiendo a él para pedirle que los ayude, dejándole un mono cada uno.

¿Por qué sucede todo esto? Porque en todas las instancias mencionadas el gerente y el subalterno dan por sentado desde el principio, a sabiendas o no, que el tema en cuestión es un problema conjunto. En cada caso el mono está parado sobre las espaldas de ambos. Todo lo que tiene que hacer es mover la pata incorrecta y –como por arte de magia- el subalterno se lo saca de encima y desaparece hábilmente, quedando el supervisor con otra adquisición para su zoológico. Por supuesto que lo monos pueden ser entrenados para que no muevan la pata incorrecta. Pero es más fácil evitar en primer lugar, que se suban a ambas espaldas.

Viernes a última hora: el gerente está en su oficina, con la puerta cerrada, para poder tener mayor privacidad y poder analizar la situación. Afuera están sus subalternos esperando para recordarle que deberá llegar a algo concreto.

Pero el tiempo pasa tan rápido que no llega a atenderlos. A las 19 hs. se va a su casa, pensando que el sábado para tratar de terminar el trabajo atrasado. Cuando vuelve al día siguiente, ve a través de la ventana “el green” de la cancha de golf de enfrente donde hay 4 personas jugando. Adivinen quiénes son: sus subordinados Sres. A, B, C y D.

Esto le abre los ojos. Se da cuenta de quién está realmente trabajando para quién. Más aún ve que si realmente logra concretar durante este fin de semana lo que vino a realizar, sus subalternos cobrarán tanto ánimo que cada uno aumentará el límite respecto de la cantidad de monos que permitirán saltar de sus espaldas a la de él. Es decir, reconoce que cuánto más se involucre, más retrasado quedará con su trabajo.

Entonces huye de su oficina, ¿cuál es su plan? Dedicarse a algo que hacía mucho que no tenía tiempo para hacerlo: pasar el fin de semana con su familia.

Ya tiene planes bien definidos para el lunes. Se va a deshacer del tiempo impuesto por sus subalternos. A cambio obtendrá una cantidad de tiempo discrecional, parte del cual dedicará a sus subalternos para asegurarse de que aprendan el difícil pero gratificante arte gerencial denominado “Atención y Alimentación de los Monos”.

Cómo deshacerse de sus monos

El lunes el gerente llega al trabajo lo suficientemente tarde como para que los 4 subalternos estén esperando afuera de su oficina, esperando reunirse con él por el tema de sus monos. Los hace pasar a uno por vez. El objetivo de cada entrevista consiste en tomar a un mono, colocarlo sobre el escritorio y planificar juntos cómo lograr que la jugada siguiente deba estar a cargo del subalterno.

A medida que cada subalterno abandona la oficina, el gerente se ve recompensado por la visita de un mono que se aleja sobre sus espaldas.

La próxima jugada del subalterno puede ser tan difícil de definir que el gerente tal vez decida –sólo por el momento- simplemente dejar que el mono duerma en la espalda de aquel por una noche y hacerlo volver a cuestas a una hora convenida de la mañana siguiente a fin de continuar la búsqueda conjunta de un curso de acción más concreto por parte del subalterno. (Los monos duermen tan plácidamente sobre los tanto hombros del subalterno como los de sus superiores.)

A partir de este momento el gerente le aclara a sus subalternos que las reglas básicas serán las siguientes:

“En ningún momento en que yo esté ayudándole a Ud. Con este u otro problema, su problema se convertirá en el mío. En cuanto su problema se convierta en el mío, Ud. Ya no tendrá un problema, y no tiene sentido ayudar a una persona que no tiene problemas.”

“Una vez finalizadas las reuniones correspondientes, el problema abandonará esta oficina exactamente del mismo modo en que ingresó –sobre sus espaldas-. Ud. puede solicitar mi ayuda en cualquier momento convenido, y juntos determinaremos cuál será la próxima acción a tomar y quién de nosotros la llevará a cabo.”

Paulatinamente, el gerente se dará cuenta, que ya no tendrá necesidad de cerrar la puerta. Sus monos se habrán ido. Regresarán, pero sólo con una cita.


¿Es posible predecir el futuro en los negocios?

Los que adivinan el futurólogos, brujos, astrólogos, psíquicos, profetas y otros, han sido los disparadores durante la historia de todo tipo de predicciones. Todavía, estos videntes o aspirantes a videntes tienen influencia en las decisiones del futuro. Aunque millones de personas continuarán ocultándolo y seguirán confiando en el arte de la adivinación, la evidencia pasada da a entender que la predicción del futuro no ha sido muy exitosa.

Hacer pronósticos de una manera más científica es algo que ha venido sucediendo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando la bomba atómica tomó desprevenida a la mayoría de la gente. Para evitar tales sorpresas, nació una completa y nueva disciplina: la futurología. Encontramos en estos últimos años a Joel Barker, John Nasbitt y Alvin Toffler, entre otros.
El futuro es la única parte de la vida que podemos cambiar con lo que hacemos o con lo que no hacemos. Si vamos a crecer y a progresar en nuestras profesiones, debemos equiparnos con las disciplinas y el conocimiento necesario para ser proactivos con las amenazas y las oportunidades del futuro. Nuestra supervivencia y nuestro bienestar dependen de nuestra capacidad para anticipar y lidiar con las amenazas y problemas futuros, para percibir, evaluar y controlar los efectos de nuestras acciones y así imaginar y crear futuros más deseables.

A algunos economistas les gusta salir en programas de televisión y debatir ferozmente sobre el impacto potencial de propuestas como la que señala un aumento en el porcentaje de descuento por parte de la Reserva Federal estadounidense. Uno dice que el incremento nos estimulará hacia el regreso a los tiempos más felices de la economía, mientras que otro sonreirá con presunción y dará a entender que su adversario no sabe nada y que estará poco cercano a la predicción económica.

¿Qué diferencia hay entre este debate y batalla de argumentos, con la discusión del resultado Ghana – Brasil? Aquel que por casualidad analice estas ideas puede pensar que tales personas tienen pocas creencias y teorías en común. No obstante, muchos economistas y analistas financieros comparten una creencia que los une: ganan dinero prediciendo que el mañana será como el ayer. Siguen viendo por el espejo retrovisor del pasado.

Cualquier economista que hubiera predicho la vuelta de los depósitos a bancos nacionales luego del 2001 con la velocidad con que sucedió hubiera sido tildado, al menos, de demente. Después de que las cosas pasan, se atan hilos, cabos sueltos, elementos no tenidos en cuenta y listo, teoría cerrada. ¿Cerrada? O sea, adivinamos lo que ya pasó

Qué se puede predecir y qué no

En nuestro trabajo, las predicciones son un arma de doble filo. Por un lado, tenemos la experiencia, la prudencia y la data de aquel gurú. Entonces, con un poco de la cintura de Messi vamos tratando de decir algo sin quedar comprometidos, pero orientados a marcar una diferenciación palpable con nuestros asesores competidores.

No sigamos haciendo perfiles de inversores si luego no vamos a usarlos. Es como tirarle las cartas a alguien a quien ya sé lo que le voy a decir.

Este comportamiento, aparentemente sin un sentido profesional, pero bastante usual, se debe a que tenemos predicciones de oficio. Por sus gestos, por su cara, por sus dichos, en seguida “sabemos qué producto se adapta a cada cliente”. Le cuento un secreto: esta técnica es llamada por adivinos varios como “lectura en frío”.

El cliente es difícil de leer, por una razón muy simple: hace, dice y piensa cosas diferentes. Por otro lado, no podemos evitar tener nuestras propias hipótesis sobre las personas y las cosas.

Día a día trabajamos con mucha gente distinta, muy distinta, pero nuestra forma de analizar tiende a buscar puntos comunes y mirarlos por sus lados similares, o sea, empezamos a generalizar. Sabemos que toda generalización lleva irremediablemente a un error. Decimos que no lo hacemos pero fíjese usted mismo cuántas veces por día formula en forma taxativa alguna generalización. El problema que esto genera es la rotulación que nos propone; luego de toda generalización, las conclusiones son inevitables. Si estoy convencido de que lo único que le interesa a la gente es tener la más alta rentabilidad en el menor tiempo con la mayor seguridad posible, es como pensar que todo el mundo quiere algo bueno, bonito y barato. ¿Qué hago con esta conclusión imposible? Termino rotulando a los clientes de mercenarios incorregibles.

A partir de ese momento se pone complicado, porque ante una sentencia de este tipo no queda otra que adivinar el futuro. Con mercenarios no se puede. Entonces queda inaugurado un círculo vicioso que opaca la efectividad de muchos buenos asesores atrapados por certezas estériles.

¿Puedo adivinar el futuro?

No le conviene adivinar nada. Entienda, descubra, ponga en duda sus propias conclusiones no probadas. No entremos en la escalera de la inferencia (Chris Argyrys); sólo nos quitará influencia. Pregunte lo que tenga que preguntar, no dé nada por obvio.

A veces, cansados por los años de experiencia, nos parece que ya vimos todo. Hablamos con todo tipo de clientes, y las anécdotas de personajes raros o pintorescos las contamos por docenas.

Siempre vamos a encontrar la llave para poder darle al cliente lo que el cliente espera. Si el mismo cliente a veces no sabe qué necesita, no adivine por él. Trate de poner en palabras eso que él tiene en la cabeza. Mientras pensamos en el tipo de producto más adecuado para ese cliente, éste está pensando en títulos, acciones, afuera, acá, ColchonBank, o ladrillos en Pilar.

Pensemos paralelamente con quien tenemos delante de nosotros y no nos quedemos en buscar el rol de gurú. No debemos adivinar el futuro; debemos entender las tendencias. No nos enganchemos con las modas. Nos tentamos con productos nuevos, portafolios tentadores, etc.

Hay una diferencia entre moda y tendencia. Alguien me dijo una vez: la diferencia entre moda y tendencia es como la diferencia entre una ola y la marea. La ola es inconstante; depende de muchas variables y, además, va y viene. La tendencia es como la marea: si hay luna llena va a subir, y seguro que eso va a pasar.

Esta nota propone descartar la adivinación e intentar el estudio e interpretación de las cosas y los hechos. Es cierto que existen la inspiración y el instinto, pero son como las musas: a veces están y la mayoría de las veces no. Como no podemos operar al respecto, lo mejor es contar con lo que uno puede hacer y no con lo que ojalá pueda pasar.

Usted, mi amigo, sabe más de lo que usted mismo cree. Deje la percepción y trabaje con su oficio y experiencia. Le traerá mejores resultados. Los hechiceros de siempre seguirán discutiendo qué pasará, mientras que usted llegará a un acuerdo con su cliente, para felicidad de ambos.

Carlos Melo

Training manager
Profit Group


El único secreto para poder administrar su tiempo es:


Administrar el tiempo laboral requiere, antes que nada, revisar qué es lo que usted hace y no lo que dice que hace. Evitar verse como una víctima de un mundo alocado y al parecer sin un sentido lógico, nutrido de variables incontrolables, cataclismos coyunturales e insospechados emergentes que, con implacable certeza, desintegran sin piedad lo que usted planifica. Terrible, ¿no? Pero sin un análisis crítico de su gestión no podrá ver cuáles son sus ámbitos de mejora. Los cambios en los hábitos se dan a partir de la sensación de urgencia de otro resultado ante el tremendo espanto que le causaría un status quo. Más simple: si no hago algo, me comen los piojos. No llegue a tal situación para empezar con algo distinto. El desarrollo debe estar basado en el crecimiento y no en situaciones irreversibles.

Por eso, cuando alguien nos acerca una revista, un video o un artículo que habla de “time management”, aparentemente nos interesa, pero por alguna causa no lo vemos aplicable y entendemos nuestro caso particular como único (léase: “mi caso es distinto”).

Si algo de lo escrito arriba habla de usted, mi querido amigo, le cuento que está infectado por el Virus Cometiempo. Este terrible flagelo ataca a muchísima gente talentosa. Es fácilmente reconocible, pero su cura no lo es tanto, ya que parte de la recuperación depende de la actitud del paciente. El Virus Cometiempo ataca sin piedad los cinco sentidos. Veamos.

La vista: Creerá que su visión es infinita. Por lo tanto, usted no necesita demasiadas planificaciones, cuando en realidad lo que el Virus ha cambiado es su horizonte, y usted padece de una terrible miopía.

El oído: Sólo oye instrucciones, órdenes, pedidos de favores, o el temido: “¿Te puedo interrumpir un segundito?” Si alguna cabeza se asoma a su puerta más de cuatro veces al día, usted está muy grave.

El tacto: Empieza a perderlo, sobre todo con las relaciones más directas, o sea, las clave, y la falta de tacto puede afectar hasta su entorno.

El olfato: Todo huele a quemado. Las cosas importantes quedan postergadas por las urgentes, y usted vive con la sensación de que llega tarde a todo. Para colmo, empieza a perder otros olfatos, como por ejemplo el de la motivación o el comercial, y deja de oler nuevas oportunidades y nuevos mercados.

El gusto: Aquí viene lo más difícil. El Virus ataca el más importante de los sentidos: el gusto. Usted se preguntará por qué. Es simple: cuando el invasor compromete sus glándulas, el decir la palabra “No” produce un gusto muy amargo y difícil de soportar. Usted pierde la capacidad de decir que no, su derecho como ser humano, su libertad para decir “no puedo reunirme con nadie hoy”, “no voy a hacerlo porque no tengo tiempo”, “este trabajo no me lo dejes”. En fin, no me dejes este mono.

Si y sólo si usted logra tolerar el sabor amargo que produce el decir “No”, podrá manejar su tiempo. Todas las herramientas que encuentre (le puedo recomendar varias), desde las leyes de Parkinson hasta Acosta, Covey e innumerables autores que han estudiado las mejores herramientas de administración del tiempo, se basan en la planificación y priorización de tareas. Mi amigo: logrará más fácilmente el resultado de cualquier técnica si dice, en todo su derecho, “No”.

Si su política es de puertas abiertas, haga pedidos de tregua. Si sus reuniones son improductivas, frecuentes y largas, cambie su comportamiento, enfoque y concentración. Si la gente lo consulta todo el tiempo, recuerde que la culpa no siempre es del chancho. Pero usted tiene el derecho y el deber de cambiar.

Mi amigo, después de entrenar a mucha gente en estas habilidades durante años, descubrí que sólo los que soportan el sabor amargo de decir “No” saben que esto no afectará sus relaciones. La gente lo seguirá respetando y aprenderá a reconocer que algunos límites han cambiado. Tenemos el poder de elegir más de lo que creemos, y decir “No” es una elección.

Es su turno. Debe elegir. Pero antes le digo esto último: elija lo que elija, sólo le importará a sted. La gente seguirá pidiendo y las tareas se seguirán acumulando. Pase lo que pase, como dice el viejo cuento sufi, “la respuesta esta en sus manos”.

Carlos Melo

Director de Desarrollo y Entrenamiento

Profit Group

carlos.melo@profitargentina.com


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